Análisis

Las primarias no son para los que ven la vida sin fanatismos

Por Benjamín Torres Gotay btorres@elnuevodia.com, 18/03/2012 - 5:00am

La próxima legislatura se define en las primarias de hoy. Pero, en una de esas instancias incomprensibles que tiene la democracia puertorriqueña, una importante parte de la población, tal vez la más preocupada y la más afectada por el desenlace, está irremediablemente excluída del proceso.

La elección que tiene lugar hoy es una fiesta privada a la que solo están invitados los miembros del exclusivo club llamado ‘del corazón del rollo’, los mismos que casi siempre se alinean incondicionalmente con su liderato y aceptan sin chistar, y con el puño en el corazón, cualquier trola que se invente quien los dirige.

Van a votar hoy, pues, los que justifican el despido de 30,000 de sus compatriotas o encuentran adecuadas las difusas justificaciones sobre viajes al Medio Oriente. Son los que aplauden el insulto, la persecución o la represión al contrario o se cantan consternados cuando es contra ellos. Pero lo han hecho antes exactamente igual, y lo harían de nuevo si la ruleta de las elecciones de noviembre les recompensa con el primer premio.

Los que ven la vida sin colores, los que saben señalar la falla o el acierto donde esté sin otro prisma que no sea el de su propia conciencia, los que ya les duele demasiado el estado en el que está el país, los que saben que las realidades de la vida son demasiado complejas como para segmentarlas en solo dos colores, no están invitados a este bembé.

Para hacerlo, para ir hoy a votar, para manifestar con voz alta y clara el repudio a muchos de los actos barbáricos que vemos a diario en la Legislatura, habría que renunciar al derecho sagrado al voto secreto.
Habría que afiliarse a uno de los únicos dos partidos que nos han gobernado y que son responsables, prácticamente a partes iguales, del desastre en que se ha convertido este país en el que no hay trabajo, ni se genera riqueza y nos ahogan la violencia, la marginación y la mediocridad, entre muchos, muchos, muchos otros males.

En primarias como ésta es que se juegan la vida los Chuchin, los Farinaccis y los Evelyn Vázquez de la vida. Cada partido elige seis candidatos a senadores y representantes por acumulación. Todos, o casi todos, entran en noviembre, pase lo que pase con la gobernación. Los que aspiran por distrito casi de seguro entran si gana su partido, tengan la calidad que tengan.

Los escogen, para todos nosotros, los que le ponen la banderita de la Pava o de la Palma a su carro, los que llaman a la radio a defender lo indefendible, los que siempre le dañan una discusión honesta en su página de Facebook o en el bar de la esquina viéndolo todo por la estrecha rendija del fanatismo.

Los eligen, en pocas palabras, y para que se asuste de verdad, los mismos que escogieron a los que están ahora.

Alguien, algún día, tiene que impugnar la constitucionalidad de esto. El voto es secreto, presuntamente. Pero para uno poder poner un grano de arena en la construcción de un nuevo país tratando de sacar a unos cuantos de los más despreciables especímenes que hay en la Legislatura, hay que revelar lo que hay en el corazón y decir ‘soy popular’ o ‘soy PNP’.

Mucha gente, con mucha razón, le teme mucho a desnudarse así en público. Usted se afilia, sépalo, y su nombre queda en una lista. Y esa lista está a la disposición del partido contrario, que puede, si quiere, buscar ahí su nombre si usted un día solicita un empleo en el gobierno. Y, como pasa con demasiada frecuencia, alguien puede decir ‘este sí y aquel no, porque este es de los nuestros y aquel no’.

En ambos partidos, por supuesto, hay gente muy seria que hace un esfuerzo del todo sincero por tomar buenas decisiones. Pero son aplastados por los que votan por el más estridente, el más que maltrate a la oposición, por el más rojo de los rojos, o al más azul de los azules.

A los demás, solo les queda mirar desde afuera, con la incómoda sensación en el pecho que sentimos cuando niños o adolescentes, oyendo a lo lejos el rumor de una fiesta a la que nos moríamos por ir, pero a la que no fuimos invitados.

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